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domingo, 23 de marzo de 2014

Muere Adolfo Suárez, 1º presidente de la Democracia




Lectura del Lunes.  El País.com

Pasará a la Historia de España como uno de los grandes protagonistas de la Transición Democrática.




A partir de la presentación y la información de estos días, realiza una redacción sobre Adolfo Suárez, pregunta a tus padres, abuelos, qué sabias de él, qué te han contado, reflexiona sobre su papel...



domingo, 23 de febrero de 2014

75 Aniversario de la Muerte de Antonio Machado: "Hoy es siempre todavía"



Escucha atentamente a Serrat cantando el poema de A. Machado, "Caminante no hay camino...


Intenta escribir con tus palabras lo que quiere decir Machado en el verso:
"Caminante no hay camino
Se hace camino al andar"

Escucha La Saeta de Machado cantada por Serrat




Los últimos días de Machado: "¿llegaremos pronto a Sevilla?


El 28 de enero de 1939, Félix Grande es apenas un niño a punto de cumplir dos años de edad, allá en el pueblo manchego de Tomelloso; y doña Ana Ruiz, junto con sus hijos Antonio y José Machado y la mujer de este último, Matea, llegan al pequeño pueblo marítimo de Collioure, en el sur de Francia.

Habían salido de Barcelona en la madrugada del domingo 22 al lunes 23 de enero, según relata Ian Gibson en su monumental biografía Antonio Machado. Ligero de equipaje: Machado, al parecer, "con su mejor traje", azul marino, "para salir camino del exilio". Tenía 63 años, pero aparentaba más. El renombrado poeta ruso Ilya Ehrenburg, que le vio allí en Barcelona antes del último viaje, diría después que "sólo sus ojos estaban llenos de vida".  En la Nochevieja de 1938, Antonio Machado, su familia y medio mundo saben que la guerra (materialmente) está perdida, y que Barcelona caerá de un momento a otro. El 15 de enero de 1939, las tropas franquistas toman Tarragona, y Machado es casi forzado de nuevo por las autoridades republicanas a huir.

Salen de Barcelona, el 22 de enero; tras hacer escala en Gerona, parten a Francia en la madrugada del 26 al 27 de enero, en una penosa travesía de "millares de hombres, mujeres y niños" en que la lluvia y el viento helado del Ampurdán no dan tregua, entre los recurrentes ataques de la aviación fascista. José Machado recordaría también que su hermano "era el último en bajar siempre del vehículo" en los bombardeos: " Aunque no fuese más que por decoro", decía Antonio, y porque, en cualquier caso, "si le caía una bomba", ésta traería consigo "la solución". Ya en Cerbére, primera parada del exilio tras rebasar la frontera, pasan la noche del 27 en un vagón situado en vía muerta. Machado, agotado, sufre sobre todo por su madre, que delira y a punto ha estado de extraviarse entre la multitud.

En la mañana del 28 de enero de 1939, el escritor Corpus Barga –que les ha atendido durante todo el viaje– aconseja a los Machado quedarse de momento en el pueblo de Collioure, a media hora en tren desde Cerbère. Al llegar, un empleado de la estación les recomienda el hotel Bougnol-Quintana, pero la avenida está en obras y llueve (pareciera que no va a dejar de llover nunca); hay que cruzar andando hasta la plaza. Entonces –relata Gibson–, "Corpus Barga coge en brazos a Ana Ruiz, que no pesa más que una niña".

Avanzan, calle abajo: y Antonio Machado, y la lluvia de Collioure, y Corpus Barga (que "no sabe si es una broma o si la pobre ha vuelto en su imaginación a su juventud en Andalucía"), oyen susurrar a Ana Ruiz:

"¿Llegaremos pronto a Sevilla?"…  
El diario.es



Reseña biográfica

Poeta español nacido en Sevilla en 1875 y fallecido en Collioure, Francia, en 1939. Tuvo que exiliarse.
Doctor en Filosofía y letras, fue catedrático de francés en los Institutos de Soria, Segovia, Baeza y Madrid. 
En 1927 fue elegido Académico de la Real Española, cuyo discurso de ingreso no pronunció nunca.
Es considerado como uno de los grandes poetas de la lengua castellana y uno de los mejores representantes de la Generación del 98.
Su vasta obra poética se caracteriza por la sencillez y precisión en el lenguaje. Cantó a la tierra, al mar, a los olivos, y en diversos tonos a la gloria del amor. En su poesía se refleja la visión dolida de su patria y la recreación de la belleza que encierran las pequeñas cosas.
Entre sus obras publicadas se destacan «Soledades, galerías y otros poemas» en 1903, «Campos de Castilla» en 1912, «Nuevas canciones» en 1925 y «La guerra» en 1938.
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martes, 7 de enero de 2014

Lectura comprensiva: Médium

1.-Lee atentamente   la lectura adaptada  de Pío Baroja, Médium. Página 36, libro nuevo/pág 88 libro viejo.
2.- Busca en la RAE las palabras desconocidas o dedúcelas por contexto.
3.- Contesta, en el cuaderno, las preguntas sobre comprensión lectora del libro.
4.- Lee el relato completo

PÍO BAROJA. CUENTO. "Médium"

Pío Baroja
Médium
Soy un hombre tranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido. He analizado todo, he profundizado todo, y vivo intranquilo. ¿Por qué? No lo he sabido todavía.
Desde hace tiempo duermo mucho, con un sueño sin ensueño; al menos, cuando me despierto, no recuerdo si he soñado; pero debo soñar, no comprendo por qué se me figura que debo soñar. A no ser que esté soñando ahora cuando hablo; pero duermo mucho; una prueba clara de que no estoy loco.
La médula mía está vibrando siempre, y los ojos de mi espíritu no hacen más que contemplar una cosa desconocida, una cosa gris que se agita con ritmo al compás de las pulsaciones de las arterias en mi cerebro.
Pero mi cerebro no piensa, y, sin embargo, está en tensión; podría pensar, pero no piensa… ¡Ah!
¿Os sonreís, dudáis de mi palabra? Pues bien, sí. Lo habéis adivinado. Hay un espíritu que vibra dentro de mi alma. Os lo contaré:
Es hermosa la infancia, ¿verdad? Para mí, el tiempo más horroroso de la vida. Yo tenía, cuando era niño, un amigo; se llamaba Román Hudson; su padre era inglés, y su madre, española.
Le conocí en el Instituto. Era un buen chico; sí, seguramente era un buen chico; muy amable, muy bueno; yo era huraño y brusco.
A pesar de estas diferencias, llegamos a hacer amistades y andábamos siempre juntos. Él era un buen estudiante, y yo, díscolo y desaplicado; pero como Román siempre fue un buen muchacho, no tuvo inconveniente en llevarme a su casa y enseñarme sus colecciones de sellos.
La casa de Román era muy grande y estaba junto a la plaza de las Barcas, en una callejuela estrecha, cerca de una casa en donde se cometió un crimen, del cual se habló mucho en Valencia.
No he dicho que pasé mi niñez en Valencia. La casa era triste, muy triste, todo lo triste que puede ser una casa, y tenía en la parte de atrás un huerto muy grande, con las paredes llenas de enredaderas de campanillas blancas y moradas.
Mi amigo y yo jugábamos en el jardín, en el jardín de las enredaderas, y en un terrado ancho, con losas, que tenía sobre la cerca enormes tiestos de pitas.
Un día se nos ocurrió a los dos hacer una expedición por los tejados y acercarnos a la casa del crimen, que nos atraía por su misterio. Cuando volvimos a la azotea, una muchacha nos dijo que la madre de Román nos llamaba.
Bajamos del terrado y nos hicieron entrar en una sala grande y triste. Junto a un balcón estaban sentadas la madre y la hermana de mi amigo. La madre leía; la hija bordaba. No sé por qué, me dieron miedo.
La madre, con voz severa, nos sermoneó por la correría nuestra, y luego comenzó a hacerme un sinnúmero de preguntas acerca de mi familia y de mis estudios. Mientras hablaba la madre, la hija sonreía; pero de una manera tan rara, tan rara…
—Hay que estudiar —dijo, a modo de conclusión, la madre.
Salimos del cuarto, me marché a casa y toda la tarde y toda la noche no hice más que pensar en las dos mujeres.
Desde aquel día esquivé como pude el ir a casa de Román. Un día vi a su madre y a su hermana que salían de una iglesia, las dos enlutadas; y me miraron y sentí frío al verlas.
Cuando concluimos el curso va no veía a Román; estaba tranquilo; pero un día me avisaron de su casa, diciéndome que mi amigo estaba enfermo. Fui, y le encontré en la cama, llorando, y en voz baja me dijo que odiaba a su hermana. Sin embargo, la hermana, que se llamaba Ángeles, le cuidaba con esmero y le atendía con cariño; pero tenía una sonrisa tan rara…, tan rara.
Una vez, al agarrar de un brazo a Román, hizo una mueca de dolor.
—¿Qué tienes? —le pregunté.
Y me enseñó un cardenal inmenso, que rodeaba su brazo como un anillo.
Luego, en voz baja, murmuró:
—Ha sido mi hermana.
—¡Ah! Ella…
—No sabes la fuerza que tiene; rompe un cristal con los dedos, y hay una cosa más extraña: que mueve un objeto cualquiera de un lado a otro sin tocarlo.
Días después me contó, temblando de terror que a las doce de la noche, hacía ya cerca de una semana que sonaba la campanilla de la escalera se abría la puerta y no se veía a nadie.
Román y yo hicimos un gran número de pruebas. Nos apostábamos junto a la puerta…, llamaban… abríamos…, nadie. Dejábamos la puerta entreabierta, para poder abrir en seguida…; llamaban…, nadie.
Por fin quitamos el llamador a la campanilla, y la campanilla sonó, sonó…, y los dos nos miramos estremecidos de terror.
—Es mi hermana, mi hermana —dijo Román.
Y, convencidos de esto, buscamos los dos amuletos por todas partes, y pusimos en su cuarto una herradura, un pentagrama y varias inscripciones triangulares con la palabra mágica:
"Abracadabra".
Inútil, todo inútil; las cosas saltaban de sus sitios, y en las paredes se dibujaban sombras sin contornos y sin rostro.
Román languidecía, y para distraerle, su madre le compró una hermosa máquina fotográfica.
Todos los días íbamos a pasear juntos, llevábamos la máquina en nuestras expediciones.
Un día se le ocurrió a la madre que los retratara yo a los tres, en grupo, para mandar el retrato a sus parientes de Inglaterra. Román y yo colocamos un toldo de lona en la azotea, y bajo él se pusieron la madre y sus dos hijos. Enfoqué, y por si acaso me salía mal, impresioné dos placas. En seguida Román y yo fuimos a revelarlas. Habían salido bien; pero sobre la cabeza de la hermana de mi amigo se veía una mancha oscura.
Dejamos a secar las placas, y al día siguiente las pusimos en la prensa, al sol, para sacar las positivas.
Ángeles, la hermana de Román, vino con nosotros a la azotea. Al mirar la primera prueba, Román y yo nos contemplamos sin decirnos una palabra. Sobre la cabeza de Ángeles se veía una sombra blanca de mujer de facciones parecidas a las suyas. En la segunda prueba se veía la misma sombra, pero en distinta actitud: inclinándose sobre Ángeles, como hablándole al oído. Nuestro
terror fue tan grande, que Román y yo nos quedamos mudos, paralizados. Ángeles miró las fotografías y sonrió, sonrió. Esto era lo grave.
Yo salí de la azotea y bajé las escaleras de la casa tropezando, cayéndome, y al llegar a la calle eché a correr, perseguido por el recuerdo de la sonrisa de Ángeles. Al entrar en casa, al pasar junto a un espejo, la vi en el fondo de la luna, sonriendo, sonriendo siempre.
¿Quién ha dicho que estoy loco? ¡Miente!, porque los locos no duermen, y yo duermo… ¡Ah!
¿Creíais que yo no sabía esto? Los locos no duermen, y yo duermo. Desde que nací, todavía no he despertado.

lunes, 6 de enero de 2014

2º Trimestre: Feliz 2014

Lectura comprensiva

CUENTOS BREVES RECOMENDADOS

LISTADO DE CUENTOS BREVES RECOMENDADOS POR MIGUEL DÍEZ R. 

EL HÉROE
(cuento)
Rabindranath T. Tagore

Madre, figúrate que vamos de viaje, que atravesamos un país extraño y peligroso.
Yo monto un caballo rubio al lado de tu palanquín.
El sol se pone; anochece. El desierto de Joradoghi, gris y desolado, se extiende ante nosotros.
El miedo se apodera de ti y piensas: ‘¿Dónde estamos?’
Pero yo te digo: ‘No temas, madre’.
La tierra está erizada de cardos y la cruza un estrecho sendero.
Todos los rebaños han vuelto ya a los establos de los pueblos y en la vasta extensión no se ve ningún ser viviente.
La oscuridad crece, el campo y el cielo se borran y ya no podemos distinguir nuestro camino.
De pronto, me llamas y me dices al oído: ‘¿Qué es aquella luz, allí, junto a la orilla?’ Se oye entonces un terrible alarido y las sombras se acercan corriendo hacia nosotros.
Tú te acurrucas en tu palanquín e invocas a los dioses.
Los portadores, temblando de espanto, se esconden en las zarzas.
Pero yo te grito: ‘¡No tengas miedo, madre, que yo estoy aquí!’ Armados con largos bastones, los cabellos al viento, los bandidos se acercan.
Yo les advierto: ‘¡Deténganse, malvados! ¡Un paso más y son muertos!’
Sus alaridos arrecian y se lanzan sobre nosotros.
Tú coges mis manos y me dices: ‘¡Hijo mío, te lo suplico, escapa de ellos!’
Y yo contesto: ‘Madre, vas a ver lo que hago’.
Entonces espoleo a mi caballo y lo lanzo al galope. Mi espada y mi escudo entrechocan ruidosamente.
La lucha es tan terrible, madre, que morirías de terror si pudieras verla desde tu palanquín.
Muchos huyen, muchos más son despedazados.
Tú, inmóvil y sola, piensas sin duda: ‘Mi hijo habrá muerto ya’.
Pero yo llego, bañado en sangre, y te digo: ‘Madre, la lucha ha terminado’.
Tú desciendes del palanquín, me besas, y estrechándome contra tu corazón me dices: ‘¿Qué habría sido de mí si mi hijo no me hubiera escoltado?’
Cada día suceden mil cosas inútiles. ¿Por qué no ha de ser posible que ocurra una aventura semejante? Sería como un cuento de los libros.
Mi hermano diría: ‘¿Es posible? ¡Siempre lo tuve por tan poca cosa!’
Y la gente del pueblo proclamaría: ‘¡Qué suerte la de la madre al tener a su hijo a su lado!’